Trabajo… Trabajo duro, todo el día, todos los días y, sin embargo, soy pobre. Pobre, aunque madrugo. Pobre, aunque cumplo. Pobre, aunque la Constitución, las leyes, los discursos y los hashtags digan que tengo derechos.
Según los últimos datos de un estudio de faecuatoris, en Ecuador hay más gente trabajando… y más gente pobre. La pobreza laboral sube del 19,74% al 21,06% en un año. En otras palabras: casi uno de cada cinco trabajadores gana tan poco que no puede cubrir lo básico. Y si ese trabajador es independiente (el famoso emprendedor) la cosa es aún peor: uno de cada cuatro. La informalidad, esa palabra que suena a «culpa del pobre», pero que es síntoma de un modelo que prefiere la explotación sin contrato, se vuelve la norma.
El trabajo ya no es sinónimo de dignidad, es una trampa. Una especie de simulacro que exige esfuerzo y promete recompensa, pero sólo cumple para los de siempre: para el 1% que, mientras tú y yo discutimos cómo pagar la comida, cobra más de 261 mil dólares al mes.
Joan Subirats lo dice: «hay quienes trabajan y siguen siendo pobres». Working poor, les llaman en inglés. Como si ponerlo en otro idioma hiciera menos ofensiva la idea de que el sistema está roto. Porque lo está. Y no por accidente. Está roto a propósito.
El empleador promedio ya no compite por talento: apuesta al hambre.
El Estado, secuestrado por élites que nunca han pisado una fila del IESS o del Registro Civil redacta políticas laborales como quien diseña una trampa. Y en esa trampa caen millones. Cada año más.
Y cuando ya no queda mucho que recortar, llega el golpe seco: hoy, el gobierno decidió unificar ministerios y reducir el Estado. El resultado: 5.000 personas despedidas de un solo golpe. Funcionarios, técnicos, madres, padres, empleados públicos que no robaban ni flotaban, que hacían su trabajo y vivían de él. En los próximos meses vendrán más. Como si el Estado sobrara. Como si la gente fuera el problema. Como si eficiencia significara desempleo.
¿Quién decide cuánto vale tu tiempo?
¿Quién establece que ocho, diez, doce horas al día pueden pagarse con un salario que no cubre ni la canasta básica?
¿Quién redacta las reglas del juego en el que tú pierdes y otro se compra otro yate?
No es casual que los gobiernos estén llenos de empresarios. No los que emprendieron por necesidad, sino los que nacieron con apellido, con finca, con abogado de cabecera. Son ellos los que diseñan el “mercado laboral”, como si el trabajo fuera una mercancía y no una vida. Como si nuestra fuerza, nuestro cuerpo, nuestra esperanza de mes a mes, fueran variables de Excel.
Algunos dirán que es cuestión de “generar empleo”, que el problema es el desempleo. No. El problema es que incluso con empleo somos pobres. Lo que falta no son puestos: faltan garantías. Falta redistribución. Falta un Estado que no se dé la vuelta cuando el rico grita y el pobre se desangra en silencio.
Repensar el mundo del trabajo no es utopía, ¡es urgencia! Significa pasar del «más trabajo» al «mejor trabajo». Significa entender que el bienestar no puede depender de la suerte de tener un jefe decente o un contrato milagroso. Significa dejar de aceptar como normal que seamos la mayoría… y vivamos como si no valiésemos nada.
Este no es un artículo optimista. Ni lo será. No hasta que trabajar no implique pobreza.
No hasta que las políticas públicas dejen de ser convenios entre ricos para administrar nuestra miseria.
No hasta que despedir a 5.000 personas no se vea como eficiencia, sino como lo que es: una tragedia.
Trabajar debería salvarte. Hoy, te hunde.
Y lo peor: lo hemos normalizado.