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	<title>Cuento archivos &#8212; La Calle</title>
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		<title>La continuidad de los parques &#124; Julio Cortázar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Feb 2025 16:20:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Efemérides]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[literatura latinoamericana]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes,volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, [&#8230;]</p>
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<p>Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes,volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. </p>



<p>Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color ymovimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, ydebajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. </p>



<p>Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.</p>



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		<title>Ante la ley &#8211; Franz Kafka &#124; Cuento</title>
		<link>https://lacalle.media/ante-la-ley-franz-kafka-cuento/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 04 Jun 2024 02:22:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[ante la ley]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Franz Kafka]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar. -Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. La [&#8230;]</p>
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<p>Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.</p>



<p>-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.</p>



<p>La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:</p>



<p>-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.</p>



<p>El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.</p>



<p>Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:</p>



<p>-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.</p>



<p>Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.</p>



<p>-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.</p>



<p>-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?</p>



<p>El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:</p>



<p>-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.</p>
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		<title>Sueños en la carretera &#124; Cuento</title>
		<link>https://lacalle.media/suenos-en-la-carretera-cuento/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Dec 2021 23:29:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Autobús]]></category>
		<category><![CDATA[carretera]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[sueños]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>-Llegará el día en que viviré en un país con transporte público de primer mundo. A Julia jamás le interesó aprender a conducir un coche. En Quito, lo último que quería es agotar su paciencia buscando donde aparcar o escuchando los insultos de los conductores que, impacientes y neuróticos, se creen dueños de las calles. [&#8230;]</p>
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<p>-Llegará el día en que viviré en un país con transporte público de primer mundo.</p>



<p>A Julia jamás le interesó aprender a conducir un coche. En Quito, lo último que quería es agotar su paciencia buscando donde aparcar o escuchando los insultos de los conductores que, impacientes y neuróticos, se creen dueños de las calles.</p>



<p>Cerró los ojos un momento y se dejó llevar por los alegres destellos de su imaginación. Tomando un autobús en Londres o el metro de Madrid, semejante a una telaraña por sus múltiples líneas y estaciones. Tal vez Holanda o Moscú. Las posibilidades eran infinitas.</p>



<p>Un brusco frenazo la regresó a la realidad. Se sostuvo fuerte de uno de los tubos e intentó concentrarse en no caer. Sabe Dios que caerte en medio del bus compite con el acto vergonzoso de tropezar en la acera o saludar a un desconocido solo porque mueve la mano en tu dirección.</p>



<p>De reojo miró al conductor peinarse aprovechando el semáforo rojo. En la mano izquierda llevaba un sachet de gel y en la derecha un peine café, de los que venden en los kioscos del Centro. Lo untaba abundantemente y lo pasaba por su cabellera azabache. Julia rio para sus adentros. Parecía un guerrero espartano con un casco abultado, listo para el combate.</p>



<p>La unidad todavía estaba un poco vacía, aún así, sobraban algunos asientos. Una de sus formas de matar el tiempo era adivinar quién bajaría en la siguiente parada. Así podía sentarse y reanudar su novela del mes. Miró con curiosidad a sus compañeros de viaje. Hombres y mujeres de mediana edad que van al trabajo. Los pocos niños que asistían a clases presenciales. Los ancianos en un camino errante a cobrar su pensión.</p>



<p>Un autobús sería el espacio de estudio perfecto para un antropólogo – pensó. Y es que en ese pequeño artefacto con ruedas se reúne un género humano por la fuerza de las circunstancias. Preciso para recoger los diferentes comportamientos que pululan entre el calor y los gritos.</p>



<p>Para ella, fracasada escritora de cuentos de detectives y misterios, no parecía gran cosa. – No creo encontrar un asesinato a las 9 de la mañana en uno de estos asientos de plástico azul. Tampoco un potencial asesino o psicópata, que llevaría los acontecimientos a una historia de terror.</p>



<p>Eran ciudadanos con comportamientos comunes. Uno cabeceaba en el asiento, otra se hurgaba la nariz con disimulo debajo de la mascarilla. Una pareja peleaba dos asientos más atrás.</p>



<p>Y la música, la música en un autobús – suspiró. Si no sonaban vallenatos de la vieja guardia era reguetón a todo volumen. Muy pocas veces, el cielo se apiadaba de ella y sonaban por las bocinas las melodías del Gran Combo o Leo Dan.</p>



<p>Su juego de adivinar paradas finalmente rindió frutos. Una pelirroja se levantó del asiento, ella aprovechó para descansar los pies. Los tacones: mala idea. El conductor tomó la autopista. Mientras, Julia se sorprendía de la torpeza del personaje central de libro que había empezado hace algunos días. Sintió un derrape. El movimiento la arrojó al asiento del otro lado y la trajo de regreso a su puesto. Apenas alcanzó a acomodarse cuando miró que iban directo a la pared de concreto de una casa. Torcerse el tobillo al salir de casa era una señal clara de que no debía tomar ese autobús. Ahora moriría. Sin haber creado un nuevo detective y sin acudir a la cita a ciegas que organizaron sus amigas. Era el fin y de qué forma. Cerró los ojos y la oscuridad lo inundó todo.</p>



<p>Buenos días señorita Julia – Ella se extrañó ¿Llegué al cielo? ¿Fue tan rápido? ¿No voy a recoger mis pasos?</p>



<p>Una ráfaga de viento le hizo regresar. Sudaba a chorros y la blusa blanca se había vuelto transparente. Su vecina, que pasaba por la calle de la parada, la miraba preocupada.</p>



<p>-¿Le pasa algo mi bonita? – le preguntó con esa voz de abuela dulce.</p>



<p>-No, no doña Pepita, no se preocupe cosas mías, nada más.</p>



<p>-Debe estar más atenta. Estaba como ida, mirando el horizonte. Tenga cuidado. Mire, allá viene su bus.</p>



<p>El esperpento azul venía desde el final de la calle. Julia frunció el ceño y dio media vuelta. “Ni loca me subo, le diré a mi jefa que me constipé. Total, ya mismo es fin de mes”.</p>
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