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	<title>Escritora archivos &#8212; La Calle</title>
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	<title>Escritora archivos &#8212; La Calle</title>
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		<title>Han Kang es la primera escritora asiática en ganar el Nobel de literatura</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Oct 2024 01:09:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por: María Isabel Burbano Quito, 10 oct (La Calle).- Algunos lo ven como una maldición, mientras otros se centran en las ventajas. Sea como fuere el mundo de las letras se pone al pendiente cada año del nombre que tendrá la distinción de ganar el Premio Nobel de Literatura. En 2024, las casas de apuestas [&#8230;]</p>
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<p><strong>Por:</strong> María Isabel Burbano</p>



<p><strong>Quito, 10 oct (La Calle).-</strong> Algunos lo ven como una maldición, mientras otros se centran en las ventajas. Sea como fuere el mundo de las letras se pone al pendiente cada año del nombre que tendrá la distinción de ganar el Premio Nobel de Literatura. En 2024, las casas de apuestas le daban el galardón a la escritora china Can Xue, otros apostaban al escritor australiano Gerald Murnane y al japonés Haruki Murakami. </p>



<p>Por lo que fue una sorpresa &#8211; aunque estaba entre las favoritas &#8211; que la escritora surcoreana Han Kang fuera quien se alzara con el premio. Una sorpresa agradable por supuesto. La escritora estaba cenando con su hijo cuando recibió la llamada de la Academia Sueca, quien le otorgó el Nobel. entre otras razones, por «su intensa prosa poética que confronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana».</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-twitter wp-block-embed-twitter"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="550" data-dnt="true"><p lang="en" dir="ltr">BREAKING NEWS<br>The 2024 <a href="https://twitter.com/hashtag/NobelPrize?src=hash&amp;ref_src=twsrc%5Etfw">#NobelPrize</a> in Literature is awarded to the South Korean author Han Kang “for her intense poetic prose that confronts historical traumas and exposes the fragility of human life.” <a href="https://t.co/dAQiXnm11z">pic.twitter.com/dAQiXnm11z</a></p>&mdash; The Nobel Prize (@NobelPrize) <a href="https://twitter.com/NobelPrize/status/1844332268191613152?ref_src=twsrc%5Etfw">October 10, 2024</a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
</div></figure>



<p>De un tiempo hasta aquí conocer a los Nobel de Literatura me ha servido para encontrar nuevas formas de narrar. Seré sincera con ustedes, a muchos de los últimos ganadores no los conocía y algunos fueron un grato descubrimiento. Para muchos lectores entusiastas de este lado del mundo &#8211; o al menos para mi &#8211; la literatura que se hace en África, Asia y cierto lugares de Europa es desconocida, pero me conformo con saber que aún me quedan años para vivir y tiempo (espero) para leer.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Los libros</strong></h3>



<p>En fin, vamos al asunto. Con Jon Fosse (el Nobel 2023) tuve la misma curiosidad que con Kang, lastimosamente no me enganchó como esperaba y abandoné la tarea unas semanas después, pero aprovechando que tenía cinco horas sin luz decidí leerla y ver qué pasaba. Terminé dos libros en ese período de tiempo: La Vegetariana (2007) y La clase de griego (2011). Ambos me gustaron por las razones que detallaré a continuación.</p>



<h4 class="wp-block-heading"><strong>La Vegetariana</strong></h4>



<p>Ambas novelas utilizan distintos tiempo verbales, es importante ya que muestran diferentes puntos de vista, pero se acoplan perfectamente cuando se los lee. <em>La vegetariana</em> trata de una mujer que deja de comer carne por una serie de sueños que experimenta y que cambiarán el rumbo de su vida en las siguientes páginas. Es una muestra de lo aislados que nos sentimos los seres humanos cuando hacemos cosas que para los otros no son normales y cómo ese aislamiento se adentra en nuestra mente. </p>



<h4 class="wp-block-heading"><strong>La clase de griego</strong></h4>



<p>La clase de griego me gustó mucho más. Un profesor de griego que se está quedando ciego y una mujer que pierde la capacidad de hablar. Es conmovedora la forma en que narra las vivencias de cada uno, la enfermedad, el poco a poco ir perdiendo facultades, el tener palabras y sentimientos mas allá del lenguaje. La descripción de la Academia Sueca es correcta, Kang se adentra en la fragilidad del ser humano, por ello la prosa poética, hay historias que a veces solo podemos traducir en poesía. </p>



<p>Otros libros que tienen traducción al español son: Blanco (2020) que habla sobre el luto y el transitar que hacemos durante la pérdida y Actos humanos (2018) basada en la masacre de Gwangju, ciudad natal de la escritora, en 1980. Historias entrelazadas que hablan sobre la tortura, el duelo, la dictadura y la tragedia de la guerra y los enfrentamientos. </p>
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		<title>Fallece la escritora Eugenia Viteri</title>
		<link>https://lacalle.media/fallece-la-escritora-eugenia-viteri/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 Sep 2023 03:39:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Escritora]]></category>
		<category><![CDATA[Eugenia Viteri]]></category>
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		<category><![CDATA[Literatura ecuatoriana]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Quito, 21 sept (La Calle).- La escritora guayaquileña Eugenia Viteri falleció este 21 de septiembre a los 95 años en Quito. Nacida el 14 de abril de 1928, estudió la primaria en la escuela Pedro Vicente Maldonado, pero enfermó de paludismo crónico y dejó de estudiar dos años. En ese período comenzó su curiosidad literaria [&#8230;]</p>
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<p><strong>Quito, 21 sept (La Calle).-</strong> La escritora guayaquileña Eugenia Viteri falleció este 21 de septiembre a los 95 años en Quito.</p>



<p>Nacida el 14 de abril de 1928, estudió la primaria en la escuela Pedro Vicente Maldonado, pero enfermó de paludismo crónico y dejó de estudiar dos años. En ese período comenzó su curiosidad literaria recordando poemas de los periódicos especialmente de los chilenos Pablo Neruda y Gabriela Mistral. </p>



<p>En 1950 se matriculó en la Escuela de Teatro de la Casa de la Cultura del Núcleo del Guayas. Allí entró en contacto con numerosos artistas y escritores. Tres años más tarde se matriculó en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Guayaquil. Durante la dictadura en 1963  tuvo que exiliarse con su hija a Chile. Allí se casó con el escritor Pedro Jorge Vera, fallecido en 1999. Regresaron al país al 1966.</p>



<p>En 1983 puso en marcha la Fundación Cultural Manuela Sáenz, a través de la cual se convirtió en una de las más significativas defensoras de los derechos de la mujer en su país. </p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Su obra </strong></h3>



<p>En obras de antología se encuentran: <em>El nuevo relato ecuatoriano</em> (1951), <em>10 cuentos universitarios</em> (1953), <em>Lectura y lenguaje</em> (1978), <em>Diez escritoras ecuatorianas y sus cuentos</em> (1982), <em>Cuento ecuatoriano contemporáneo</em> (s.f.), <em>AMORica Latina</em> (1991), <em>Así en la tierra como en los sueños</em> (1991), <em>Cuento contigo</em> (1993), <em>Antología de narradoras ecuatorianas</em> (199<em>7</em>), <em>40 cuentos ecuatorianos</em> (1997).</p>



<p>Dentro de sus novelas están: <em>A noventa millas solamente</em> (1969), <em>Las alcobas negras</em> (1983). Sus libros de cuento son: <em>El anillo y otros cuentos</em> (1955), <em>Doce cuentos</em> (1962), <em>Los zapatos y los sueños</em> (1977), <em>Cuentos escogidos</em> (1983).</p>



<p>Ganó el Premio Gallegos Lara de la Municipalidad de Guayaquil en 1976 con el cuento Los zapatos y los sueños que da título a su tercer libro en este género. <strong>(MIB)</strong></p>
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		<title>Grandes desdichados: Tercera Parte: Clarice Lispector</title>
		<link>https://lacalle.media/grandes-desdichados-tercera-parte-clarice-lispector/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 20 Aug 2023 03:12:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Brasil]]></category>
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		<category><![CDATA[La pasión según G.H.]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por: María Isabel Burbano / @rizossalvajes Soy una mujer que escribe, porque para mí escribir es como respirar, necesario para sobrevivir. Tal vez por eso no me gusta hablar de mis libros. Lo que tengo que decir está en ellos, y fue tan difícil escribirlos Esta frase, dicha en una entrevista, define muchísimo el trabajo [&#8230;]</p>
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<p><strong>Por:</strong> María Isabel Burbano / @rizossalvajes</p>



<pre class="wp-block-preformatted">Soy una mujer que escribe, porque para mí escribir es como respirar, necesario para sobrevivir. Tal vez por eso no me gusta hablar de mis libros. Lo que tengo que decir está en ellos, y fue tan difícil escribirlos </pre>



<p>Esta frase, dicha en una entrevista, define muchísimo el trabajo de Clarice Lispector. La escritora ucraniana &#8211; brasileña es uno de los ejemplos de que el genio literario, a veces va acompañado de la desdicha y los problemas. Sin embargo, es una de las más grandes representantes de la literatura brasileña, el país que la acogió cuando era pequeña y debió huir de Europa con su familia que era judía. </p>



<p>Nacida el 10 de diciembre de 1920 en Chechelnik, Ucrania bajo el nombre de Chaya Pinjasivna Lispector, el nacimiento de Clarice debía ser un remedio. Rusia invadió Ucrania tras la Revolución Bolchevique. Los soldados rusos mataron a su abuelo y violaron a su madre contagiándole de la sífilis. Una antigua creencia decía que el nacimiento de un hijo podía curar esa enfermedad venérea. No funcionó, su madre murió en Brasil cuando ella tenía 10 años y Clarice arrastró durante años la culpa de no haber podido salvar a su madre. Algo que plasmó en sus libros.</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p><em>Creaba las más falsas dificultades para aquella cosa clandestina que era la felicidad. La felicidad siempre iba a ser clandestina para mí. Parece que ya lo presentía. ¡Cuánto tardé! Vivía en el aire… Había orgullo y pudor en mí. Yo era una reina delicada.</em></p><cite>Felicidad clandestina</cite></blockquote></figure>



<p>En 1922, Clarice, sus padres y sus dos hermanas migraron a Brasil. Habían conseguido pasaportes rusos y el permiso en Bucarest para viajar a Sudamérica. Llegaron a Maceió, Alagoas y cambiaron sus nombres por unos más acordes a su nueva residencia. Pinjas, su padre, se convirtió en Pedro, su madre Mania en Marieta y Chaya se llamó Clarice. </p>



<p>Escribió en portugués desde muy joven. Envió varios cuentos al <em>Diario de Pernambuco</em>, el cual rechazó sus publicaciones en una sección de contribuciones infantiles debido a que, mientras que las historias de los demás niños poseían algún tipo de narrativa, los textos de Clarice no describían más que sensaciones. </p>



<p>A los 14 años se mudó con su Padre y una de sus hermanas a Río de Janeiro. Allí descubrió más autores nacionales y extranjeros:  Machado de Assis, Rachel de Queiroz, Eça de Queiroz, Jorge Amado y Fiódor Dostoievski Ingresó a la Facultad de Derecho en la Universidad de Brasil. A los veintiún años logró publicar <em>Cerca del corazón salvaje</em>, obra que había escrito a los diecinueve años y por la que recibió el premio <em>Graça Aranha</em> a la mejor novela publicada en 1943.</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>Al final, ¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?</p><cite>Cerca del corazón salvaje</cite></blockquote></figure>



<p>En ese año se casó con el diplomático Maury Gurgel Valente, a quien acompañó de país en país durante un período de mudanzas que la alejarían de su familia y amigos. En 1946 llegó su segunda novela, <em>O lustre</em>. Para 1949 volvió a Río y retomó su trabajo periodístico bajo el seudónimo de Tereza Quadros en una columna para un periódico local. Vivió desde 1952 a 1959 en Washington D.C. hasta que se divorció de su esposo y regresó a Brasil.</p>



<pre class="wp-block-preformatted">Hay un detalle: ese proceso se desarrolla ahí, en aquel sofá, donde me siento con la máquina de escribir sobre las rodillas. Así escribo siempre. Cuando mis hijos eran pequeños, escribía mientras los cuidaba, con los dos corriendo a mi alrededor. Siempre quise evitar que ellos tuviesen de mí la imagen de “madre escritora”. Escribía, entonces, cerca de ellos, tratando de no aislarme.</pre>



<p> De vuelta en Río escribía artículos periodísticos para poder mantenerse sola. En 1960 aparece el libro de cuentos <em>Lazos de familia</em> y un año después la novela <em>La manzana en la oscuridad</em> que se adaptaría al teatro.  En 1963 publicó la que es considerada su obra maestra: <em>La pasión según G. H.</em> </p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>La vida es para ser vivida intensamente como el amor, que tiene que ser experimentado hasta la última gota sin ningún temor.</p><cite>La pasión según G. H.</cite></blockquote></figure>



<p>1966 sobreviene otra desdicha en la vida de Clarice. Se quedó dormida con un cigarrillo encendido, que provocó el incendio de su habitación y quemaduras en su cuerpo. Pasó meses en el hospital y los médicos lograron, afortunadamente, no amputarle la mano derecha, pero perdió su movilidad. Dejó de escribir a mano y entró en una profunda depresión por las cicatrices y marcas que le dejó el accidente. </p>



<p>Tal vez por ello, el personaje de Macabea en <em>La hora de la estrella</em> era poco agraciada, pero con una gran curiosidad. Vive feliz dentro de su desdicha porque no es consciente de ella. A diferencia de Clarice. La novela se publicó en 1977.</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: sobro, y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por desesperación y por cansancio. No soporto más la rutina de ser yo mismo, y si no fuese por la novedad que siempre representa escribir, moriría simbólicamente todos los días. Pero estoy preparado para salir discretamente por la puerta del fondo. Experimenté casi todo, incluso la pasión y la desesperación. Ahora sólo querría tener lo que pude haber sido y no fui.</p><cite>La hora de la estrella</cite></blockquote></figure>



<p>Pocos meses después de su publicación falleció por un cáncer de ovarios a los 56 años en Río de Janeiro; el 9 de diciembre de 1977, a las diez de la mañana. Se iba así una de las escritoras con un estilo único, personajes sensibles, con procesos emocionales y conflictos internos latentes en cada página. Hizo de Brasil su hogar y para su muerte era muy conocida. Había pasado la década del 60 y 70 dictando conferencias por todo el país. Chaya, la niña ucraniana se convirtió en Clarice la escritora brasileña más importante del siglo XX.</p>



<p><strong>Puede interesarle: </strong><a href="https://radiolacalle.com/grandes-desdichados-segunda-parte-ernest-hemingway/">Grandes desdichados – Segunda Parte: Ernest Hemingway</a></p>
<p>La entrada <a href="https://lacalle.media/grandes-desdichados-tercera-parte-clarice-lispector/">Grandes desdichados: Tercera Parte: Clarice Lispector</a> se publicó primero en <a href="https://lacalle.media">La Calle</a>.</p>
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		<title>Moira Millán: “No me iba a dejar violar aunque fuera Boaventura”</title>
		<link>https://lacalle.media/moira-millan-no-me-iba-a-dejar-violar-aunque-fuera-boaventura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 16 Apr 2023 17:23:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Internacional]]></category>
		<category><![CDATA[Abuso sexual]]></category>
		<category><![CDATA[acoso]]></category>
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		<category><![CDATA[Boaventura de Sousa Santoa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fuente: diario El Salto (Argentina) Boaventura de Sousa Santos (Coimbra, 1940) es doctor en Sociología por la Universidad de Yale (Connecticut) y profesor en la Universidad de Coimbra (Portugal). Forma parte del elenco de intelectuales europeos con más prestigio en la izquierda y ha publicado libros como&#160;Derechos humanos, democracia y desarrollo&#160;(Bogotá, 2013) y ha sido [&#8230;]</p>
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<p><strong>Fuente: </strong>diario El Salto (Argentina)</p>



<p>Boaventura de Sousa Santos (Coimbra, 1940) es doctor en Sociología por la Universidad de Yale (Connecticut) y profesor en la Universidad de Coimbra (Portugal). Forma parte del elenco de intelectuales europeos con más prestigio en la izquierda y ha publicado libros como&nbsp;<em>Derechos humanos, democracia y desarrollo</em>&nbsp;(Bogotá, 2013) y ha sido participante asiduo a numerosos encuentros y foros internacionales como el Foro Social Mundial. Ahora, un grupo de estudiantes portuguesas le han acusado de agresión sexual, a las que se han unido con su testimonio la diputada brasileña Bella Gonçalves o la reconocida activista, escritora, y guionista mapuche Moira Millán.</p>



<p>Esta entrevista fue realizada la noche del viernes 14 de abril, un día antes de que el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) anunciara en sus redes sociales que suspendía todas las actividades del sociólogo en esta entidad, que figura entre las más prestigiosas del continente, “mientras se desarrollan las investigaciones en curso”. Este 15 de abril el Centro de Estudios Sociales de la Universidad lusa de Coimbra se sumaba y suspendía temporalmente todas las funciones académicas del sociólogo.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Moira, ¿cómo sucedieron los hechos con Boaventura?</strong></h3>



<p>En el 2010 viajé a Portugal invitada por un colectivo de argentinos residentes en Lisboa para un conversatorio en la Universidad Lusófona y aviso a Boaventura porque nos conocíamos del Foro Mundial de Brasil, en donde todo fue agradable, respetuoso, mientras intercambiamos perspectivas políticas. Él me contestó inmediatamente para invitarme a Coimbra y dar una conferencia a sus estudiantes. Acepté y aunque en ningún momento me ofreció remuneración, le exigí que me pagara los gastos porque mi situación económica era muy precaria y Boaventura aceptó pagarme el billete, el alojamiento y las dietas. Llegué a Coimbra y di la conferencia. Al terminar, era bastante tarde y su asistente me dijo que tenía que ir a cenar a un determinado lugar. Pensé que iba a ir todo el equipo, pero al llegar, comprobé que él estaba solo. El lugar que eligió era un restaurante de su familia e hizo abrirlo para que cenáramos los dos solos. Comenzó a beber mucho y a decir cosas desubicadas para “coquetear”.</p>



<p>Durante todo el tiempo puse límites y cuando terminamos de cenar, me dijo que quería regalarme unos libros y le pedí que me los diera al día siguiente. Él me dijo que no y que su casa estaba muy cerca. Accedí. No recuerdo en qué piso vivía, pero sí que había que pasar por un sistema de seguridad para entrar en el edificio. Entramos en el apartamento, se puso cómodo y comenzó a beber whisky. Me quise ir, pero me pidió que me sentara. Lo hice, pero frente a él. Al hacerlo, él se abalanza sobre mí y comenzó a manosearme, a querer besarme y yo le empujé e indignada le dije “¡No! Me enfadé, me quedé quieta, pero él volvió a lanzarse sobre mí y ahí yo, muy enfadada le empujé con más fuerza: tuve claro de que no me iba a dejar violar aunque fuera Boaventura.</p>



<p>Él se dio cuenta de que no iba a poder consumar ninguna violación porque yo no se lo iba a permitir, pero al mismo tiempo, me sentía secuestrada: no sabía cómo salir del edificio, no sabía a qué distancia estaba del hotel o si estaba lejos, no tenía dinero para pagar un taxi. Tampoco tenía mi billete de regreso a Lisboa. Realmente estaba en sus manos y esa sensación me produjo miedo e ira. Traté de calmarme y le hice reflexionar, entonces él se tranquilizó.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>¿Qué le dijiste para que se tranquilizara?</strong></h3>



<p>Le pregunté si él se comportaba de esa manera con todas las académicas blancas o que si esto solo lo había hecho conmigo, porque no era académica y era indígena. Nosotros habíamos hablado mucho de Blanca Chancoso y le dije: “¿También le hiciste esto a Blanca Chancoso?”</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>¿Y qué te contestó?</strong></h3>



<p>Que no, que por supuesto que no. Entonces le respondí: “¿Por qué a mí sí? ¿Por que soy pobre?” Entonces me puse a llorar aunque nunca lloro porque soy implacable. Soy de las que siempre digo que al enemigo ni una lágrima. Al momento, él me pidió perdón y me fui del apartamento.</p>



<p>Soy una mujer que sé defenderme porque me enfrento a la Gendarmería argentina y él era un hombre mayor, todo esto podía haber acabado en tragedia porque le podría haber matado y hoy estaría en prisión.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>¿Cómo conseguiste el billete de regreso?</strong></h3>



<p>Al día siguiente voy a pedírselo a su secretaria, pero me dice que lo tiene él y que me espera en un restaurante. Al oír eso me enfadé muchísimo: era como seguir en la humillación y en sus manos, como un niño caprichoso que como no me había podido tener el día anterior quería tenerme al día siguiente. Su asistente lo pasó mal y ella no tenía la culpa así que fui para encararme con él. Y ahí estaba esperándome con un ramo de flores, suplicándome y rogándome que le perdonara, pero yo cogí mi billete y me fui.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Cuando llegas a Lisboa ¿le comentas a alguien lo que ha pasado en Coimbra?</strong></h3>



<p>Sí y me dijeron que no me metiera con él, que este hecho lo iba a instrumentalizar la derecha porque él era el gurú de la izquierda en un momento muy delicado en Portugal. Pero, ¿un violador de izquierdas comete menos daño que si es un violador de derechas?</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Al cabo de los días y ante esas respuestas, ¿cómo ibas digiriendo lo que te había ocurrido?</strong></h3>



<p>Pensé: tengo cuarenta años, ¿qué me va a pasar que no me haya pasado ya? ¿Cómo este tipo me va a hacer algo a mí? Grave error. A partir de ese episodio, siempre que viajo pido que venga un acompañante para poder tener testigos porque los únicos que tengo en este suceso son los estudiantes a los que di la conferencia y su secretaria, pero no hay ninguno en el restaurante ni en el apartamento. Ahí me di cuenta que no fue espontáneo, que actuó como un criminal que prepara su estrategia.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Desde entonces, ¿Boaventura se ha puesto en contacto contigo?</strong></h3>



<p>No, él me tiene terror, sabe lo que hizo. Y yo se lo he dicho a bastante gente de la Academia porque hemos coincidido en conferencias internacionales en donde también le invitan, entonces, y cuando han querido ponerme en la misma mesa, me he negado y si insistían, amenazaba con denunciarle públicamente por abusador. Por ejemplo, Clacso lo ha sabido siempre porque yo se lo dije, por eso le convierte en absolutamente cómplice.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Y en estos días, ¿se ha puesto en contacto contigo alguna persona de Clacso?</strong></h3>



<p>Me han llamado a título individual y me han comentado que, por ahora, no se va a ir en contra de él. Creo que lo que está faltando aquí es un posicionamiento político categórico: la izquierda tendría una posibilidad de depurarse, de redimirse fijando una posición de condena hacia estos hechos tan violentos. En cambio me están amenazando por redes y a mí me da igual porque no van a venir a La Patagonia, pero las jóvenes portuguesas que le están denunciando, ¿qué seguridad y apoyo están teniendo? No puedo entender cómo se han permitido estas prácticas dentro de la Academia, sobre todo, no entiendo a las mujeres que han sido cómplices de estas situaciones.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>¿Has recibido apoyos desde que saltó la noticia de este suceso?</strong></h3>



<p>Me han llamado algunos académicos portugueses para pedirme disculpas por la actitud de Boaventura. En Argentina, en general, tanto la Academia como muchas feministas argentinas han mirado para otro lado, de hecho, una académica me dijo que él hizo lo mismo en África. Y pienso, si a mí que soy mapuche, escritora y activista con cierto reconocimiento y con todas las herramientas para poder denunciar no me han brindado solidaridad, ¿qué actitud van a tener con las hermanas africanas que han sido víctimas de este señor?</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>¿Has podido hablar con alguna de ellas o con otras que hayan sufrido abusos por parte de Boaventura?</strong></h3>



<p>No, ni siquiera conozco a las estudiantes que le han denunciado, pero reacciono y aporto mi testimonio cuando le escucho negarlo y descalificarlas.</p>



<p>Algunas personas me están pidiendo los mails que intercambié con Boaventura, pero soy una persona muy perseguida en mi país y tengo que cambiar de móvil y de email todo el tiempo porque me lo hackean. Además, ¿qué correos electrónicos puedo conservar del 2010 si ya cambié tres veces de correo electrónico?</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>¿Vas a presentar una denuncia en el juzgado?</strong></h3>



<p>Sí, pero tengo que ir a Coimbra porque los hechos sucedieron allí, el hándicap, por ahora, es que estoy en La Patagonia, pero entre agosto y septiembre debo viajar a Europa por un guion que estoy escribiendo y podré formalizarla. Sería una vuelta a Portugal porque desde entonces, y aunque me han invitado, no me he atrevido a ir. Ahora sí que tengo que regresar a denunciar a ese hombre blanco, académico y presumiblemente de izquierdas que hablaba del sur y de la colonialidad.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Aunque hace un año y medio denunciaste a Boaventura mientras dabas una conferencia organizada, precisamente por Clacso, en México, supongo que lo que está ocurriendo te ha vuelto a remover emocionalmente.</strong></h3>



<p>Me ha removido mucho dolor, impotencia y rabia. Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero realmente es mentira: si no hay justicia, no hay cura. Supura dentro del alma porque vuelves a revivirlo todo. Me preguntaban qué entendía por justicia y en este caso sé que él, por su edad, no va a ir a la cárcel, pero espero que le expulsen de la Academia y que le aparten de los lugares estratégicos donde él sigue realizando este sometimiento, esta humillación y esta violencia hacia las mujeres para que puedan ir a la universidad sin un acosador definiendo el destino de sus carreras. Para mí, eso ya es justicia.Me ha removido mucho dolor, impotencia y rabia. Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero realmente es mentira: si no hay justicia, no hay cura. Supura dentro del alma porque vuelves a revivirlo todo. Me preguntaban qué entendía por justicia y en este caso sé que él, por su edad, no va a ir a la cárcel, pero espero que le expulsen de la Academia y que le aparten de los lugares estratégicos donde él sigue realizando este sometimiento, esta humillación y esta violencia hacia las mujeres para que puedan ir a la universidad sin un acosador definiendo el destino de sus carreras. Para mí, eso ya es justicia.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>¿Y qué conclusiones estás sacando de esta noria emocional?</strong></h3>



<p>Pues la falta de autoestima que tuve en ese momento y de la que siguen careciendo muchísimas mujeres indígenas porque llegamos a normalizar que nos pueden pasar estas cosas porque, como no les importamos a nadie, somos violables y asesinables. Y estamos cansadas. Eso ocurrió en 2010 y estaba sola, no pertenecía a ningún espacio colectivo indígena, ni en ningún espacio feminista. Hoy no me callaría porque pertenezco al movimiento por el buen vivir y me siento amorosamente acompañada. Las que pertenecemos a estos colectivos nos sentimos fuertes para enfrentarnos a nuestro mundo mapuche que es machista y en donde también hay abusadores y maltradores. Ya no quiero abrazar ningún dogma, ninguna bandera nacionalista que permita el maltrato y las opresiones, el mal vivir.</p>
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		<title>El libro que me salvó la vida &#124; Opinión</title>
		<link>https://lacalle.media/el-libro-que-me-salvo-la-vida-opinion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 10 Sep 2022 16:17:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Escritora]]></category>
		<category><![CDATA[libro]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[vida]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Aminta Buenaño / escritora He escuchado tantas veces decir que la literatura no sirve para nada. Otros de forma inocente y optimista han mantenido que sirve para cambiar al mundo, pero casi la gran mayoría de mis amigos, escritores, lectores y exalumnos, se ponen alegremente de acuerdo en darle la razón a Sartre cuando [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Por Aminta Buenaño</strong> <strong>/ escritora</strong></p>



<p>He escuchado tantas veces decir que la literatura no sirve para nada. Otros de forma inocente y optimista han mantenido que sirve para cambiar al mundo, pero casi la gran mayoría de mis amigos, escritores, lectores y exalumnos, se ponen alegremente de acuerdo en darle la razón a Sartre cuando decía que la literatura es una pasión inútil.</p>



<p>Yo, que difiero de este concepto, creo que la literatura puede ser muy útil. Tan útil como un par de zapatos para caminar. Tanto para el que escribe literatura, como para el que hace de la lectura un arte gozoso y de entretenimiento o una puerta de escape ante la vida incierta. Creo que la literatura le puede dar una razón, un sentido, un propósito a la vida despropositada. O al menos un pretexto para ir tirando, como decía mi amigo Jesús, el español.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Animales narrativos</strong></h3>



<p>Es que los hombres y las mujeres somos animales narrativos –como asegura Luis Landero– sentimos placer en inventar, fantasear y crear historias. Siempre vamos por el mundo contando, inventando cuentos,&nbsp; hilando el eterno chismorreo que se teje entre café y café, construyendo el lenguaje como un puente para crear y recrearnos. Como dice Yuval Noah en <em>Sapiens: De animales a dioses,</em> el ser humano evolucionó por su capacidad de inventar relatos, mitos y fábulas, creérselos y utilizarlos para cooperar entre sí. De primates devenimos en Homos sapiens por el poder de la ficción. Somos, como dice Yuval, los habitantes más listos y más crédulos del planeta.</p>



<p>&nbsp;Y, es verdad, nos creemos todas las historias que el ritual de la palabra escrita nos pone frente a nuestros ojos. Y luego necesitamos contarlas, escucharlas, imaginarlas para sentirnos parte de la narratología de la vida, aliento de su corpus vital. Contar es como respirar, como comer, todo el tiempo lo estamos haciendo. No solo contamos, también ficcionamos sobre lo que vivimos. La expresión <em>cuenta y aumenta</em> que dicen los colombianos es una realidad muy real en este cotidiano narrar. El que está incomunicado con los otros o de los otros, se vuelve loco, se disuelve en sí mismo, se pierde en ese laberinto de espejos que llaman locura. La identificación con la historia de los demás, la empatía narracional con la especie nos hace humanos, sensibles, nos devuelve la inocencia perdida.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Las redes sociales</strong></h3>



<p>En esta época hiperdigital, fragmentaria y narcisista que vivimos, todos contamos historias en las redes sociales. En algunas ocasiones, sin tenerlo claro y ser consciente de ello, y, muchas veces, de una forma torpe y desordenada, la gente narra sus vidas, nos muestra sin pudor sus dramas en una suerte de violento estriptís, convirtiendo vidas frágiles y vanas, y en apariencia, intrascendentes, en&nbsp; algo parecido a una tragedia o cuasi una epopeya que asimilamos sin dificultad.</p>



<p>Son los signos de la posmodernidad. Cuando queremos abrir los telones del teatro, cuando queremos enterarnos de lo que hacen o piensan nuestros vecinos, cuando queremos hurgar por el ojo de la cerradura, nos asomamos a los muros de Facebook, Twitter o Instagram que nos abren sus entrañas para situarnos en el mundo de los otros. Nos convertimos en grandes cronistas de nuestras vidas, todo lo publicamos en redes, desde nuestros retratos hasta lo que comemos.</p>



<p>Siempre estamos en ellas, contando, recreando, inventando historias. Mintiendo para los demás, aunque muramos por dentro. Impostores de nuestras propias sombras. Con las eternas sonrisas mentirosas de Facebook. Contando más nuestros sueños que nuestras verdades, fingiendo ser felices. Sintiendo placer en recrear, construir, deconstruir, imaginar mundos ficticios o reales. A veces desde las redes podemos extraer historias alucinantes que si las escribiéramos en una novela no parecerían verosímiles.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Ese viejo vicio de contar</strong></h3>



<p>Practicamos desde tiempos inmemoriales ese viejo vicio de contar, porque todos, de una manera u otra, queremos o anhelamos convertirnos en la <em>Sherezade</em> de <em>Las Mil y una noches</em> que inventaba historias para salvar su vida; en la inquebrantable y fiel <em>Penélope</em> que espera tejiendo (¿palabras?) a su amado mientras resiste el brutal acoso de sus pretendientes; en la <em>Madame Bovary</em> que, insatisfecha con su vida despreciable y mediocre, aspira a reinventarse. Todos tenemos como sueño un <em>Comala</em>, ese lugar en donde arden las brasas. Lo que nos convierte, de alguna manera, en cronistas, en escritores secretos de nuestros mundos propios.</p>



<p>Para los que hemos convertido en un oficio el narrar historias, la literatura no es solo un negocio por medio del cual se venden libros, tampoco es el inútil oficio que no cambia el mundo, la literatura puede ser muy útil en casos en que estás a punto de coger un revólver y volarte la tapa de los sesos. Puede ser el último resquicio donde refugiarte y la habitación en donde arrojar los tenaces demonios que te atormentan. La literatura no es solo una forma de perpetuarse en ese anhelo de eternidad o de trascendencia tan inherente al ser humano. La literatura también es una forma de sobrevivir a la muerte, a la pérdida, a las ausencias y al vacío. Una manera de salvar la vida, sí, esa vida tan estúpida, tan absurda, tan impredecible y tan frágil. Y no importa si publicas o no, si eres famoso o no, si te aprueban o no. No importa si escribes un diario o aquella novela que nunca darás a leer. Lo importante es escribir, es decir traducir tus emociones, el temblor de la vida, expresar el lenguaje de tu alma con palabras inventadas o arrancadas del sótano oscuro de tu inconsciente en donde se queman a fuego lento los secretos inconfesables.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>La vida es dura</strong></h3>



<p>En la vida pasan cosas muy duras, terribles, en que los registros <em>akáshicos</em> son inevitables. En medio de una inseguridad que crece, vivir cada día puede ser un desafío. Ocurren dramas épicos que nos envuelven a todos en un terremoto de emociones de impredecibles consecuencias en que parece que todo mundo enloquece y que no hay lugar para nada. Creo que eso pasó con la pandemia. Un virus global que vino a cambiar el mundo y cuyo infierno aún no se ha extinguido a pesar de la aparición de la vacuna. Para algunos el terror sigue latente, florecen obsesiones y trastornos obsesivo–compulsivos de una manera inevitable.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Recordar antes de morir del espanto</strong></h3>



<p>Dicen que aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla.</p>



<p>Entonces podríamos empezar a recordar antes de morirnos de puro espanto: Hubo una vez, un país, una ciudad que vivió lo innombrable en el 2020. En Ecuador, Guayaquil fue el epicentro del terror, pero también de la resistencia solitaria de muchos para no dejarse vencer por el miedo que mataba más que el mismo virus. Guayaquil que arrojaba más víctimas que naciones enteras, que concentraba siete de cada diez muertos en el país, que convirtió la vida en un infierno. Algunos médicos infectólogos de la ciudad estiman que hubo, en la etapa más crítica de la pandemia, más de veinte mil muertos por el virus en Guayaquil, puesto que solo un niño inocente creería las cifras oficiales que desde el poder publicaban.</p>



<p>Pasaron historias increíbles, historias que convertían en verdad aquella frase de Oscar Wilde acerca de que la realidad supera la ficción: Gente que haciendo cola en las calles moría súbitamente como fulminados por un rayo. Gente que caía frente a los hospitales de puertas cerradas que ya no daban abasto frente a la desesperación de miles. Muertos que permanecían destilando sus vapores cadavéricos por días en su casa porque no había cómo enterrarlos y otros que eran tirados a las veredas por sus familiares por temor al contagio. Gente mayor que moría sola en sus viviendas porque en la peregrinación por hospitales y clínicas eran rechazados, puesto que se prefería a los más jóvenes antes que a los adultos mayores, como le ocurrió al gran poeta, Rodrigo Pesántez Rodas, que murió en completa soledad, después de haber desfilado en un vía crucis, buscando ayuda y tocando puertas, por un sinnúmero de centros de salud. Muertos en hospitales públicos cuyos cuerpos se extraviaban para siempre por la negligencia de operarios sanitarios. Muertos amontonados y pudriéndose en los contenedores públicos como carne putrefacta.&nbsp; Doña Irene, una doméstica que trabajaba en mi casa, me contó que su cuñada entró una tarde de abril del 2020 en el hospital de los Ceibos para perderse para siempre en la eternidad de la nada, porque nunca más se volvió a saber de ella y todavía sus hijos siguen peregrinando por aquellas instituciones públicas de salud en busca de información sobre dónde reposan sus restos que ya a nadie interesa. Un periodista, Nelson Itúrburu, pudo testimoniar desde adentro de los hospitales lo que pasaba antes de morir, y narró para los medios que todo era un caos, que la gente se moría por todos lados y que la única arma que tenían a mano para batallar contra el monstruo era el paracetamol. En el despelote de aquellos tórridos y caóticos días ocurría que, a veces, los operadores de salud, declaraban oficialmente muerto a un familiar al que sus parientes reclamaban y buscaban con ansiedad, para aparecer el difunto semanas después más vivo y desconcertado que nunca.</p>



<p>Esto es lo que sabíamos desde afuera, lo que veíamos en las pantallas, lo que nos narraban desde los chats. Pero cada familia, al interior de su hogar, vivía el horror de su cruz, el miedo latente, el terror que hacía que desinfectáramos cada centímetro de la casa, que nos laváramos las manos cientos de veces como si estuviéramos enfermos de un toc imaginario, que fumigáramos con alcohol hasta las papas, que llegáramos hasta el paroxismo del miedo cuando teníamos un enfermo en casa.</p>



<p>El miedo brutal era un vía crucis que no tenía término y que en algunos desembocó en un infarto fulminante, tal como ocurrió con el hermano de Glenda, una buena amiga mía.</p>



<p>Todos vivimos más o menos esto. Tenemos una crónica personal impresa con fuego en nuestra piel. Yo también lo viví, con el añadido que en enero del 2021 el virus se llevó a mi compañero de vida, mi socio, mi yunta, mi amigo de muchas décadas y me hundí en el abismo. Pero, como escribe D. H. Lawrence en, <em>El amante de Lady Chatterley</em>, hay que seguir viviendo a pesar de que se desplomen todos los firmamentos.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>El libro como salvación</strong></h3>



<p>Hay ciertos momentos de la existencia en que se invierten los papeles: los hijos se convierten en padres y los padres en niños frágiles y perdidos ante la vida. Yo, que deprimida hasta la médula, autómata sin fuerzas propias, revisaba durante días las torres desperdigadas de libros que Roberto había dejado, hundía mis narices en su ropa buscando los aromas que lo resucitaran, ordenaba y volvía a ordenar sus discos de <em>jazz</em> clásico y <em>free</em> <em>jazz </em>en <em>long play</em> que vegetaban con una antigüedad milenaria y que él atesoraba y guardaba en un mueble viejo convertidos en fósiles musicales, que me tambaleaba buscando razones para la sinrazón de la muerte, interpelando y reclamando a un dios invisible y lejano que parecía no escucharme, me dijo un día mi hijo: –Mamá tú has escrito textos muy buenos sobre mi padre que ha tenido muchos lectores, te han escrito de tantas partes. ¿Por qué no escribes un libro?</p>



<p>Para qué, le contesté, sin mayor entusiasmo. A nadie le va a importar.</p>



<p>No, mamá –me dijo con gesto severo convertido en un padre que intenta razonar con una hija rebelde–. Te equivocas de plano. A muchos les va a importar. Lo que le ocurrió a mi papá, les ha pasado a miles, lo que tú sientes, lo han sentido millones. Muchos se van a sentir identificados, además mi padre era un personaje de novela. ¡Escribe mamá, escribe por favor lo que sientes!, me suplicó juntando las manos.</p>



<p>Me dejó pensando. Recordé que la escritora norteamericana, Toni Morrison, aseguraba que <em>la literatura es un lugar para sentir profundamente</em>, y haber leído también a Clarice Lispector afirmar en un texto que <em>escribir es una manera de no mentir al sentimiento</em>. Pero luego lo olvidé en esas turbulencias que lleva el proceso del duelo que según los entendidos tiene cinco fases, pero a las que yo sentía que venían todas juntas a acribillarme de forma simultánea como un francotirador &nbsp;enloquecido, originándome taquicardias, dolor de cabeza y una angustia muy grande que solo se calmaba cuando agarraba los audífonos y salía a caminar varios kilómetros a la redonda, maltratando el cuerpo con el esfuerzo, sacándome la ansiedad a punta de cansancio físico, subiendo y bajando por las colinas de mi barrio.</p>



<p>Cuando nació mi nieto, con el descalabro de tener que entrar varias veces a UCI por ser sietemesino y de que había que ponerle una máquina porque se olvidaba hasta de respirar pues apenas había completado las treinta semanas, tuve plena consciencia de que él necesitaba una historia, conocer de qué raíces procedía, que su pasado no se desdibujara en el humo del olvido, que las alas de la memoria le dibujaran un abuelo real. Ese iba a ser mi mejor regalo. Y puse mucho empeño en ello.</p>



<p>Recordaba aquellas frases que había subrayado en el libro <em>Escribir</em> de Marguerite Duras: “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que solo la literatura te salvará”.</p>



<p>“Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación”.</p>



<p>Escribí <em>Un blues para Roberto,</em> como una necesidad profunda para exorcizar el dolor, para desarraigarlo de mi cuerpo al que estaba consumiendo como se consume una vela con el viento. Escribí para aliviarme, para alejarme, para salvarme de la muerte. La literatura siempre ha sido una forma de salvación. Ha sido la manera más honesta de ser yo misma. Necesitaba contar lo que estaba sintiendo, aunque eso significara dejar ver mi yo desgarrado, transido por el dolor. Gustave Flaubert decía que la única forma de soportar la existencia era aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua.</p>



<p>Soy una sobreviviente del covid que quería y no quería morir.</p>



<p>Y entonces encontré la razón íntima de las palabras, la utilidad de la literatura, que eran los zapatos que me ayudarían a caminar, a levantarme y empecé a escribir.&nbsp; Sentí en mis entrañas aquella verdad –como una catedral–, de lo que alguna vez escribió el autor de <em>Manhattan transfer</em>, <em>John Dos Passos</em>, quien aseguraba que “(Al escribir) te aligeras mucho el pecho, echas afuera emociones, impresiones, opiniones… Hay alivio, mucho alivio, en un volumen grueso”.</p>



<p>Creo –y lo digo en mi libro– que con esa enorme cicatriz que nos dejó la pandemia, con esas vidas rotas, podemos elaborar arte. Tantas vidas que se fueron, tantas historias que contar. Ante la fealdad de la muerte crear algo que no perezca. En lugar de enterrar y olvidar en el cuarto oscuro del alma los mil huesos rotos, podemos producir belleza con la memoria y la imaginación como forma de resistencia ante el olvido. Y contando una vida, honrando una vida, honramos la de todos.</p>
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		<title>Muere Joan Didion, la icónica escritora que narró la decadencia de la cultura y la política de EE.UU.</title>
		<link>https://lacalle.media/muere-joan-didion-la-iconica-escritora-que-narro-la-decadencia-de-la-cultura-y-la-politica-de-ee-uu/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 24 Dec 2021 14:48:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Escritora]]></category>
		<category><![CDATA[Estados Unidos]]></category>
		<category><![CDATA[Joan Didion]]></category>
		<category><![CDATA[Nuevo periodismo]]></category>
		<category><![CDATA[periodista]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Tomado de: BBC Mundo Se dijo que nadie escribía mejor prosa que ella en inglés, que sus libros eran «como rayos láser punzantes» y que su pluma era «fría, concisa y distintiva». Pero la voz literaria de Joan Didion, una de las autoras y periodistas más reconocidas de las últimas décadas en EE.UU., se apagó [&#8230;]</p>
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<p><strong>Tomado de: BBC Mundo</strong></p>



<p>Se dijo que nadie escribía mejor prosa que ella en inglés, que sus libros eran «como rayos láser punzantes» y que su pluma era «fría, concisa y distintiva».</p>



<p>Pero la voz literaria de Joan Didion, una de las autoras y periodistas más reconocidas de las últimas décadas en EE.UU., se apagó el 23 de diciembre.</p>



<p>Según confirmó la editorial Knopf, la escritora falleció como consecuencia de la enfermedad de Parkinson a los 87 años.</p>



<p>«Nos contamos historias para vivir», dijo una vez y habló del acto de escribir con más astucia que quizás cualquier otra persona.</p>



<p>Un ícono literario que hizo una aguda crónica de la cultura estadounidense de los 60 y 70 (dijo que la década de 1960 había acabado el día que mataron a la actriz Sharon Tate), Didion también incursionó en el cine como guionista, incluida la película de 1976 «Nace una estrella».</p>



<p>La incisiva novelista y ensayista fue alabada por los críticos por su análisis de la fragmentación de la vida estadounidense en libros como Slouching Towards Bethlehem, de 1968, y The White Album, de 1979.</p>



<p>En The Year of Magical Thinking, que ganó el premio Pulitzer, transformó en prosa su dolor tras la muerte de su marido y en numerosos artículos de prensa relató también la vida cotidiana de su natal California.</p>



<p>De hecho, su colega Martin Amis la describió una vez como una «poeta del Gran Vacío Californiano».</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Admiración</strong></h3>



<p>Fue venerada por legiones de escritores jóvenes y aspirantes por su prosa distante y concisa.</p>



<p>Se decía que Didion era ferozmente protectora de su trabajo y no revelaba el tema de sus libros incluso ni a sus amigos más cercanos hasta que estaban listos para su publicación.</p>



<p>Recibió la Medalla Nacional de las Artes en 2013 del entonces presidente Barack Obama, quien la describió como «una de las escritoras estadounidenses más célebres de su generación» y «una de las observadoras más agudas y respetadas de la política y la cultura estadounidenses».</p>



<p>«No quería una ventana al mundo, sino el mundo mismo», escribió en su colección de ensayos Déjame decirte lo que quiero decir, publicado este año.</p>



<p>Nacida en Sacramento en 1934, estudió en la Universidad de California en Berkeley.</p>



<p>Empezó su vida como escritora en el periodismo, trabajando para la revista Vogue después de graduarse en 1956.</p>



<p>Sus novelas incluyen Play It as It Lays de 1970, que exploró y expuso la cultura cinematográfica de Hollywood.</p>



<p>También adaptó para el teatroThe Year of Magical Thinking, su desgarradora, reflexiva y galardonada novela sobre la pérdida de su marido, John Gregory Dunne.</p>



<p>Vanessa Redgrave protagonizó la producción inaugural en Broadway en 2007.</p>



<p>También ese año, Didion recibió la Medalla de la National Book Foundation por su contribución distinguida a las letras estadounidenses «por su distintiva mezcla de prosa sobria, elegante e inteligencia feroz».</p>



<p>Se convirtió en una de las principales exponentes del movimiento del Nuevo Periodismo, en su mayoría masculino, junto a Tom Wolfe, Truman Capote y Gay Talese.</p>



<p>En 2005, el dolor se convirtió nuevamente en una inspiración no deseada después de que su hija adoptiva, Quintana Roo, muriera de pancreatitis aguda a la edad de 39 años.</p>
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		<title>Hace 80 años, Virginia Woolf se refugió en «La habitación propia»</title>
		<link>https://lacalle.media/hace-80-anos-virginia-woolf-se-refugio-en-la-habitacion-propia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[La Calle]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 28 Mar 2021 18:14:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Escritora]]></category>
		<category><![CDATA[La habitación propia]]></category>
		<category><![CDATA[suicidio]]></category>
		<category><![CDATA[Virginia Woolf]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El 28 de marzo de 1941, la escritora británica Virginia Woolf se quitó la vida en el río Ouse.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Quito, 28 mar (La Calle).- </strong> 28 de marzo de 1941 no fue el primer intento de suicidio de la escritora británica Virginia Woolf, pero si el definitivo. Fue una de las mejores exponentes literarias de su época, sin embargo, varios de los episodios de su vida la llevaron a una depresión de la que nunca se recuperó.</p>



<p>Hoy en día se considera que Virgina Woolf padeció un trastorno bipolar con fases depresivas severas. Nacida en Londres, el 25 de enero de 1882, Woolf creció en un hogar liberal y siempre tuvo conciencia de que el sistema en el que vivía no le permitía desarrollarse como quisiera.</p>



<p>Perteneció al grupo de Blomsbury, en el que también estuvieron figuras como el economista John Keynes o el crítico E.M Foster. En agosto de 1912 se casó con el teórico político, escritor, editor y antiguo funcionario público británico, Leonard Woolf. Los trastornos más graves que padeció Virgina los sufriría entre los años 1913 y 1915. El 9 de septiembre de 1913, Virginia ingirió cien gramos de veronal, en otro intento por quitarse la vida.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Obras</strong></h3>



<p>El libro que la puso en conocimiento de la crítica londinense fue La Señora Dalloway (1925), novela que sigue un día a Clarissa Dalloway y que representa el periodo entreguerras en Gran Bretaña.</p>



<p>En 1927, aparece El Faro. En esa novela, Woolf explora el viaje de una familia a un faro y antepone las reflexiones filosóficas sobre la trama. Después seguirían Orlando (1928), Las Olas (1931).</p>



<p>Una de sus obras más importantes es Una habitación propia (1929), un ensayo que explora las dificultades de ser mujer&nbsp; y querer tener una carrera en la literatura. «¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas? Independencia económica y personal, o sea, una habitación propia», se preguntaba.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>El final</strong></h3>



<p>Aunque la escritura fue su tabla de salvación, no pudo hacer frente a la desesperación y sus sentimientos.</p>



<p>El 28 de marzo de 1941, <strong>se puso el abrigo y despojándose de su bastón,&nbsp;llenó los bolsillos de piedras y se adentró en el río Ouse, dejándose llevar por «las aguas que corren».</strong>&nbsp;</p>



<p>Antes de morir, Virginia dejó dos cartas. Una para su hermana Vanessa y otra para su marido, Leonard Woolf, las dos personas más importantes de su vida.</p>
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